Valeria Leiva. Comunicación fúngica. Ramas secas, cal, micelio y celulosa bacteriana. Cortesía de la artista.
No fue en una galería de paredes blancas ni en una sala de museo. La artista guatemalteca Valeria Leiva llegó a Viena para participar en un simposio en un lugar poco común: Kleine Stadt Farm, una granja ubicada en el brazo del Danubio, Schillerwasser.
Entre huertos, abejas, hongos y animales en libertad, Leiva convivió con iniciativas locales y creó tres obras que transformaron la forma de pensar el arte. En ese espacio compartió con otros cinco artistas europeos residentes en Viena —la francesa Camille Belmin; la estonia Pille-Riin Jaik; y los austríacos Christoph Freidhöfer, Veronika Harb y Mirjam Salzer—, aunque fue la única que no habitaba en la ciudad, lo que le permitió aportar una mirada distinta y ampliar el diálogo. “Presentarme en Viena fue como llevar una parte de mi tierra al corazón de Europa”, dice. “Y, al mismo tiempo, cuestionar qué significa hacer arte en este momento histórico”.
El simposio, conocido como Feldersuche, funciona como una residencia artística interdisciplinaria en la que artistas y pensadores conviven con proyectos comunitarios de agroecología y resistencia cultural. Para Leiva, fue un espacio donde el arte dejó de ser objeto y se volvió experiencia: “Lo vi como un simposio de land art, porque saca al arte del museo colonial y lo coloca en diálogo con el territorio y las comunidades”.




“El híbrido nace del relato del Popol Wuj sobre la creación de los humanos: los primeros fueron hechos de lodo, los siguientes de madera y luego de maíz… ¿y después, de hongos? Este personaje no busca antropomorfizar a los hongos, sino, por el contrario, desantropomorfizar a los humanos, proponiendo que somos seres híbridos y que existen otras formas de cohabitar y relacionarnos fuera de la lógica antropocéntrica”.

Sobre la obra, Valeria comparte: “Construida con elementos del paisaje local, esta escultura-planta está inspirada en la historia de un venado que robaba brotes en el jardín de Lo Bauer: innen, en la Kleine Stadt Farm, en Viena. La obra funciona como una ofrenda para que los venados puedan disfrutar de sus hojas favoritas”.

“’Comunicación fúngica’ utiliza las redes de micorrizas como una cabina telefónica interespecie. A través de una membrana que permite a las hifas reconocer vibraciones y emitir señales bioeléctricas, los mensajes viajan por toda la red micelial hasta distintas partes del planeta Tierra. Este proyecto está inspirado en las tecnologías orgánicas como posibles alternativas para futuros utópicos y propone dejar de depender del monopolio de las telecomunicaciones”.
Durante dos semanas, la metodología fue clara: vivir en la granja, conocer las iniciativas locales —desde migrantes filipinos que cultivan calabazas hasta cooperativas de horticultura— y producir obras en colaboración con ellas. Valeria trabajó de manera cercana con la iniciativa local de producción de hongos Hut & Stiel, donde aprovechó cubos de micelio que normalmente quedaban como merma de la cosecha y los transformó en parte esencial de sus instalaciones.
Esa experiencia derivó también en diálogos con otros artistas que exploraban el micelio, generando colaboraciones intelectuales y creativas en torno a este material vivo. Además, visitó iniciativas dedicadas al cuidado de gallinas y otros animales, donde observó cómo se fomentaba la coexistencia más que la explotación. Para ella, resultó revelador notar que en Viena podían permitirse el privilegio de tener gallinas, caballos y llamas solo para convivir y apreciar, algo muy distinto a la realidad de Guatemala, donde los animales suelen estar ligados a la subsistencia.
Aunque la invitación contemplaba la producción de una sola pieza, Valeria terminó realizando tres. El espacio la inspiró de tal manera, y las ideas surgieron con tanta fuerza, que decidió arriesgarse. La desconexión del mundo exterior en la granja —lejos de la prisa urbana y de las distracciones digitales— potenció su intuición y le permitió dejarse llevar por un flujo creativo poco común. “Normalmente un proyecto me toma meses, pero esta vez fue como un proceso orgánico, una experiencia inmersiva que me impulsó a crear más de lo previsto”, cuenta. Sus tres obras nacieron de ese mismo impulso: experimentar, dialogar con el territorio y dejarse guiar por la intuición del momento. Esa fidelidad a la intuición es, quizá, uno de los mayores actos de libertad y valentía que puede ejercer un artista, al volver tangibles fragmentos de su intimidad.
Filosofía del arte vivo
Todas las piezas de Leiva comparten un mismo espíritu: son efímeras, requieren cuidado y están en constante transformación. “El cuidado es parte del proceso”, señala. Su práctica se inscribe en la búsqueda de un arte post-antropoceno y post-capitalista, donde los materiales orgánicos, la temporalidad y la comunidad reemplazan la lógica del objeto eterno. Rechaza la narrativa del ecoterror asociada a los hongos y propone otra: la simbiosis, la fragilidad y la vida compartida.
Su experiencia de migrar a Suiza y trabajar en Europa ha marcado su obra. “Aunque soy una migrante con privilegios, es duro enfrentarse a la discriminación estructural”, reconoce. Esa vivencia ha intensificado la dimensión política de su práctica: desde cuestionar la cámara fotográfica como herramienta colonial hasta proponer obras que abordan la justicia social y la crisis climática. “No hay geografías pequeñas cuando el arte es auténtico”, afirma. “Me interesa reposicionar el arte guatemalteco como un actor activo en el diálogo global”.
Más allá de su producción personal, Leiva trabaja en la exposición Cuatro Ríos, dedicada a las políticas del agua y a la lucha de comunidades en Guatemala, Colombia y Nueva Zelanda por el reconocimiento legal de los ríos. Su visión es actuar como un “micelio descentralizado”: tejer puentes entre artistas, proyectos y territorios. “No pienso solo en volver o quedarme en Europa”, explica. “Prefiero construir intercambios y conexiones que fortalezcan a Guatemala desde adentro y hacia afuera”.
El compromiso de Leiva con la descentralización es claro. Desde su proyecto Fotomaíz —nacido con la intención de abrir el acceso a la fotografía en comunidades fuera de la capital— hasta su crítica al estado del arte en Quetzaltenango, su trabajo busca cuestionar la historia colonial de la imagen y resignificar el uso de la cámara. Ella misma la describe como un “horrocrux” cargado de connotaciones políticas y económicas, pero también como una herramienta capaz de servir a narrativas propias si se utiliza desde adentro.

Recuerda que la historia de la fotografía en Guatemala tiene un inicio profundamente colonial: Edward Muybridge llegó en el siglo XIX para documentar paisajes y vender esas imágenes en Europa como parte de la promoción de las bananeras y cafetaleras. Esa herencia convierte a la cámara en un objeto de poder, ligado al despojo y la exotización de los territorios. Por ello, Leiva insiste en descentralizar y democratizar el acceso a la fotografía, evitar su uso extractivista y dar voz a quienes históricamente han sido observados, pero no representados. “Es preocupante ver cómo se destinan presupuestos culturales a certámenes de belleza mientras se abandonan los espacios artísticos”, denuncia. Para ella, la deuda del Estado con la cultura es histórica: “Grandes artistas han salido de nuestro país no gracias a Guatemala, sino a pesar del Estado”.
La trayectoria de Valeria Leiva revela a una artista que incomoda, cuestiona y propone. Desde un venado hecho de ramas hasta un teléfono de hongos, sus obras hablan de cuidado, fragilidad y resistencia. Su discurso articula migración, crisis climática y decolonización sin perder nunca la raíz guatemalteca. Al mismo tiempo, expresa su inquietud por crear impacto fuera de las paredes blancas del museo y abrir espacios de diálogo en territorios vivos. Su presencia en Viena fue más que un logro personal: fue la afirmación de que el arte de Guatemala no es periférico ni secundario, sino esencial para imaginar futuros posibles.

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