Foto de portada: Retrato de Josseline Pinto (Guillermo Gonzalez. Cortesía de la curadora)
La curadora guatemalteca Josseline Pinto forma parte de la primera generación de becarios del Instituto Cáder de Arte Centroamericano (ICAC) del Museo Reina Sofía de España. Se trata de un organismo fundado en 2024 por iniciativa del coleccionista salvadoreño Mario Cáder-Frech y con sede en el Museo Reina Sofía de España. Con el objetivo de propiciar la investigación y estudio de las prácticas artísticas de la región, parte importante del proyecto es este programa de becas. Sus otras líneas de acción combinan el trabajo editorial, la programación pública y la adquisición de obra y fondos bibliográficos en conjunto con la institución.
Diana Cuéllar: Eres becaria del recientemente creado ICAC Centroamericano con sede en el Museo Reina Sofía de España. Hablaremos sobre eso, pero para entender mejor tu práctica, me gustaría saber cómo empezaste en el arte y cuál es tu formación.
Josseline Pinto: Empecé a través de la escritura: como poeta y periodista cultural. Mis primeros estudios especializados fueron en 2015, con un diplomado para formar agentes culturales en Fundación Paiz, coordinado por Renato Soy. Allí conocí a una de mis grandes mentoras, Rossina Cazali. También trabajé en galerías como Proyectos Ultravioleta y The 9.99 Gallery. Y en mi propio proyecto curatorial, MANIFESTO-espacio, fundado junto a Belén García en el 2016. Estaba enfocado en performance, videoarte, y la experimentación in situ, propiciando acercamientos relacionales con el público. Antes de venir a Madrid fui curadora en La Galería Rebelde y coordinadora de exposiciones en el Centro Cultural de España en Guatemala. En paralelo, estudié Historia del Arte en Casa Lamm (Ciudad de México) de manera virtual, donde hice una investigación sobre la Casa Bizarra, un grupo de escritores y artistas que durante los años noventa experimentaron con literatura y performance.






DC: Esto me permite visualizar que tu práctica ha estado arraigada en el contexto de Guatemala, por lo que esta es tu primera experiencia internacional inmersiva, lo cual la hace relevante. ¿Cómo surgió la iniciativa de venir a España y qué papel ha tenido el ICAC en este proceso?
JP: Aunque planeaba continuar mis estudios, no era una prioridad. Cuando salió la convocatoria del ICAC me postulé y gané la beca, que cubre los costes de la matrícula del máster y una manutención para vivir en Madrid. Esto me ha permitido tener distancia y tiempo para enfocarme en la investigación, pues siempre he tenido un ritmo muy intenso en el ámbito laboral. También me beneficio de que Madrid es un centro donde hay profesionales de alto nivel: estoy haciendo prácticas en el museo con Suset Sánchez, quien es responsable de los fondos latinoamericanos de la colección del Museo, y mi tesis la está asesorando Juan Albarrán, profesor del departamento de Historia del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid y referente en el estudio del performance.
DC: Estudié el mismo máster que tú hace trece años, los mismos que llevo en España, y sospecho que históricamente no ha habido interés, ni mucha profundidad, en el estudio de Centroamérica desde aquí. ¿Percibes que ha crecido ese interés? ¿Hay suficientes recursos aquí para la investigación?
JP: Se percibe ese interés y es emocionante ser parte de él. Te diría que la biblioteca en este momento no tiene un catálogo de cientos de volúmenes sobre arte centroamericano, pero el ICAC está apoyando para que aumenten y, sobre todo, para que se puedan escribir nuevas investigaciones, pues todos los que estamos haciendo investigación sobre Centroamérica, estamos redactando, muchas veces por primera vez, ciertas historias y recurriendo, también por primera vez, a ciertos archivos. El Museo Reina Sofía siempre ha tenido un foco en América Latina y ahora el acercamiento hacia el arte centroamericano busca llenar un vacío dentro de esa visión a través de la adquisición de obras para la colección y de exposiciones, gracias a las cuales mis compañeros y profesores del máster hoy hablan sobre Centroamérica, por ejemplo. Espero que la nueva reordenación de la colección pueda volver a exhibir las obras de nuestros países.

DC: Sé que tu investigación surge de tu trabajo en el contexto local y que la estás haciendo desde Madrid, pero encuentro fundamental subrayar que el resultado se va a materializar en Guatemala. No es baladí porque en el Sur Global a menudo atestiguamos que los estudios se gestan en el exterior y los epicentros de conocimiento terminan estando en los grandes núcleos de poder/saber geopolítico, perpetuando las lógicas de centralización. Aunque es de celebrarse que se hagan investigaciones con altísimo nivel, la pregunta sigue siendo, ¿cuál es el impacto real en los contextos de origen? Con esto en mente, cuéntanos sobre tu proyecto: ¿De qué se trata y cómo lo estás enfocando?
JP: Mi investigación es una exposición comisionada por Eva Bañuelos, directora del Centro Cultural de España en Guatemala, que se inaugurará el 14 de noviembre de 2026. Se trata de una exhibición sobre los 30 años que han pasado en Guatemala desde la firma de los Acuerdos de Paz en 1996, lo que dio fin a una guerra de 36 años y comenzó un nuevo periodo para el arte. Fue una guerra brutal, que involucró un genocidio en contra de comunidades indígenas, la desaparición de más de 25 mil personas y efectos que aún vivimos en el país. Este hecho motivó a los artistas a tener una cierta sensación de libertad que les permitió salir a las calles y hacer arte en el espacio público. También les permitió tener la libertad de expresar y de exigir memoria histórica, reivindicación, y acompañar una lucha por derechos humanos y libertad de expresión. La exposición revisará los últimos 30 años de arte en Guatemala. El objetivo no es crear un canon, ni relatar una historia del arte, sino entender las conversaciones que se han dado para pensar el país a través del arte.
DC: ¿Qué rupturas y continuidades detectas?
JP: Identifico que hoy en día seguimos luchando por la libertad de expresión contra la censura, por la reclamación del espacio público como un espacio político, por los derechos de las mujeres contra la violencia patriarcal. La generación anterior propició un movimiento mayormente urbano, pero hoy hay nuevos centros para el arte como Comalapa, Atitlán, Quetzaltenango, Antigua… Además, en los noventa las voces de artistas de pueblos originarios eran bastante reducidas. Hoy las conversaciones que se dan desde el arte en Guatemala están lideradas por voces de pueblos originarios y estos artistas no solamente son los más exitosos a nivel internacional, sino también quienes proponen las conversaciones que el arte está liderando. También hay nuevas conversaciones como la lucha de las identidades queer y las luchas contra el extractivismo, generalmente lideradas por las comunidades indígenas, quienes son quienes más sufren estas violencias. La crisis institucional es algo que permea en todas las generaciones: no tenemos museos de arte y por eso mismo es que estas historias y estas conversaciones se crean en la calle, en la autogestión. Las galerías de arte cumplen una función no solo de mercado, sino también de institución: son quienes cumplen la función educativa que debería tener un museo, porque es allí donde se exhibe el arte.
(…) todos los que estamos haciendo investigación sobre Centroamérica, estamos redactando, muchas veces por primera vez, ciertas historias y recurriendo, también por primera vez, a ciertos archivos.
-Josseline Pinto
DC: Por casos similares, empezando por el español, identifico que cuando ocurren estos procesos y no suele haber un relato oficial, es el arte el que asume el rol de contar la historia o de contarla desde otras voces y emplazamientos. Hay temas que no se tocan en los medios de comunicación, en las escuelas, etcétera, pero sí en el arte. Acá pienso en el cine de Jayro Bustamante…
JP: Efectivamente, la literatura, el teatro, el cine y obviamente las artes visuales, se han encargado de construir esa memoria histórica y de difundirla. El problema es el alcance que tiene eso para las grandes masas. Nuestro gobierno actual no ha logrado implementar cambios en el discurso o la política porque todos los poderes siguen cooptados. Sin embargo, las comunidades indígenas organizadas, sus gobiernos, y los movimientos sociales, así como el arte, hacen el trabajo de memoria y denuncia.
DC: Es interesante que sea una persona de tu generación quien esté al frente de la elaboración de este relato de treinta años de arte guatemalteco en esta etapa decisiva para la historia de tu país.
JP: Nací en 1996, el año en el que se firma la Paz. Cuando empecé en el arte, todos eran mayores que yo, y fueron los artistas quienes me enseñaron lo que había sucedido en el país, porque había vivido 10 años de mi adolescencia en Costa Rica y en mi familia nunca se habló sobre la guerra, las desapariciones o la historia del país. La guerra para mí es un fantasma, porque vivimos sus efectos: la delincuencia, el desorden urbano, la extrema pobreza… Me he topado con muchas situaciones incómodas donde evitar hablar de la guerra se considera lo mejor. Todavía se debate si hubo genocidio. No es una historia que tengamos ya contada. Como sociedad, aún estamos preguntándonos sobre esa guerra y sobre el presente.

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