Foto de portada: Lourdes de la Riva. Bitácora 1870. (Foto: Cortesía de la artista)
A través de su trabajo multidisciplinario, Lourdes de la Riva invita a reflexionar sobre la relación que existe entre el ser humano y la naturaleza y temas como la vida, la muerte, los procesos de construcción y destrucción, y las huellas que resultan de estos en un mundo que cambia constantemente. A lo largo de su trayectoria artística, ha realizado piezas emblemáticas que han marcado hitos como la instalación Quauhtlemallan (1998) con la cual participó en la XI Bienal de Arte Paiz (1998). La instalación está compuesta por una estructura de hierro de la cual cuelga un tronco con una soga como si se tratase del ahorcamiento simbólico de un árbol. De la Riva recuerda que vio el tronco cortado cerca de su casa y le evocó un torso griego. Lo llevó rodando hasta su estudio y, utilizando una estructura metálica como las que se usan para construcción, creó su primera pieza conceptual. A través de esa obra compartió el siguiente planteamiento: El ser humano se autodestruye al no darle su lugar a la naturaleza. [1] La relación que existe entre la humanidad y el mundo natural y como se afectan mutuamente se convirtió a partir de ese momento en su tema de interés y estudio.
En el 2002 realizó la obra Huella dactilar (2002), la cual surge por su creciente interés en el significado del rastro que dejan las crestas de fricción de un dedo humano. Inicialmente imprimió su propia huella dactilar con pintura y sandblast sobre placas de aluminio. Luego documentó fotográficamente una acción que realizó en Ciudad de Guatemala en la que solicitó a distintas personas que caminaban por la calle que imprimieran su huella digital en un papel. Siguió desarrollando el proyecto hasta producir una serie en la que magnificó la huella un millón de veces encontrando en ella una estampa que alude a distintas formas orgánicas de la naturaleza como pueden ser un bosque, un paisaje o el universo mismo.
Como parte de esta investigación en torno a la huella digital, realizó la obra Presencia Fugaz (2004), por la cual fue galardonada con el premio Glifo de Oro en la XIV Bienal de Arte Paiz (2004). Para esta instalación participativa solicitó a las personas que visitaban la Bienal que colocaran su huella dactilar en un rollo de papel. Luego las invitaba a accionar libremente una máquina trituradora que cortaba el papel marcado con las huellas en tiras, las cuales quedaban a la vista en un contenedor de vidrio. Para de la Riva esta pieza fue fundamental, pues le permitió consolidar uno de los conceptos que desde ese momento han sustentado su trabajo: la reflexión sobre el rastro o la huella, su fragilidad y su impermanencia en el contexto de la relación ser humano-naturaleza.
En esa misma Bienal presentó Casa nueva (2004) con la que ganó el Glifo de Plata en la categoría de fotografía. La pieza representaba un edificio hecho con bloques de madera y fotos en cada ventana que daban fe de la destrucción del medio ambiente y sus graves consecuencias. Según la artista, su objetivo era mostrar como algunas veces el ser humano destruye para construir. [2]




Una de las series más interesantes que de la Riva ha desarrollado es a partir de investigaciones del hongo que habita las hojas del árbol de jiote (bursera simaruba). Alrededor del 2006, descubrió un hongo que a medida que carcome la hoja de jiote se va convirtiendo en una especie de flor. El hongo, una enfermedad que causa la muerte de la hoja, deja una huella, un diseño abstracto que la artista ha utilizado de múltiples maneras. En el 2006 realizó la serie Encajes con la técnica de sublimación de tinte que permite fundir la imagen en una tela de la misma forma que el hongo está fundido en la hoja del árbol. Posteriormente ha realizado propuestas que incluyen desde la hoja misma marcada por el hongo hasta la descontextualización de este reproducido en tapices en tela y papel. En los tapices, la arista multiplica la imagen convirtiéndola en un patrón abstracto. Hasta el día de hoy, sigue recolectando las hojas afectadas por el hongo y en piezas recientes las ha estado recubriendo con lámina de oro.
A través de distintas propuestas, de la Riva ha buscado sensibilizar al público sobre su entorno y a la vez reinventarse continuamente con temas u objetos que tienen que ver con la creación de algo a partir de la destrucción. En el caso de Dulce proceso (2008), una instalación de video realizada para la XVI Bienal de Arte Paiz, hace alusión a las actividades de un ingenio azucarero donde se corta y ser procesa la caña para fabricar el azúcar. La pieza estaba compuesta por un cilindro de tres metros de diámetro y tres metros de altura dentro del cual el visitante podía experimentar la fuerza visual y el sonido de distintos procesos relacionados con las actividades del ingenio azucarero Magdalena en Guatemala. Su objetivo era que, al entrar en el cilindro, el espectador se sintiera invadido por la experiencia audiovisual. Al final de la proyección aparecía la sombra de la artista y se desvanecía como si su cuerpo se estuviera desintegrando durante el proceso de trituración de la caña de azúcar. El video de esta pieza, sin la estructura cilíndrica, fue presentado en la I Trienal Internacional del Caribe y Centroamérica (2009) celebrada en Santo Domingo, República Dominicana, y en la exposición Máquinas, organizada colateralmente a la VI Bienal de Curitiba (2009), Brasil.
En el contexto urbano, viejos edificios son derribados para erigir nuevos proyectos arquitectónicos. De la Riva recupera escombros de las demoliciones para crear esculturas e instalaciones que recontextualizan los objetos rescatados. En el 2010 documentó la demolición de la casa de sus suegros. Recogió algunas varillas de los escombros y las usó para realizar la pieza Espacio frágil (2010), un nuevo “nido” creado a partir de la destrucción de un hogar que le era familiar. La artista tejió una estructura en la que el público puede entrar y apreciar algunos trozos de concreto de las paredes de la casa que sobrevivieron como testimonio de un pasado cargado de emociones y recuerdos. De la Riva comparte un dato curioso: con el tiempo, los pájaros se han apoderado de la pieza y han hecho nidos en ella. [3]
Conceptualmente, su intención como artista es abordar el objeto que ya no habla desde su función original, sino desde sus marcas, desde sus huellas y de darle nueva vida desde su propia voz.
Desde el 2011, la artista ha estado trabajando en la serie Los creadores la cual surge a partir de un encuentro con libros y vigas de madera habitados por colonias de termitas. De la Riva asegura tener una fascinación por las formas que resultan de la destrucción que estos insectos causan, siendo rastros que asocia con mapas y topologías. Dos obras que siguen esa propuesta han sido La antimaqueta y Toque de desalojo, ambas presentadas en la XXIII Bienal de Arte Paiz. Desde distintas propuestas plásticas, expone nuevos significados que se producen a partir de los vacíos que quedan en las páginas de las publicaciones y las estructuras de madera. “Esta serie comenzó un día en el que, al abrir un ejemplar del libro de Los creadores de Stefan Zweig, descubrí que las termitas lo habían abordado. Los agujeros que las polillas habían hecho en los textos me hicieron pensar en la posibilidad de investigar y profundizar en ‘la estética de la destrucción’”, recuerda la artista. [4] A partir de esa idea ha realizado gran cantidad de piezas utilizando objetos carcomidos por termitas como las obras presentadas en la XXIII Bienal de Arte Paiz (2023).
Dos de las propuestas para esa bienal fueron sus piezas La antimaqueta (2023) y Toque de desalojo (2023). La primera es una instalación construida con vigas de madera apolilladas que rescató de una construcción que data de 1870. Los listones ordenados en una estructura circular, y que acompañan la pieza, se convierten en una ciudad en la que cada trozo de madera parece un edificio en ruinas. Los orificios causados por las termitas tienen aspecto de ventanas y las distintas alturas le dan la apariencia de una urbe deshabitada. Curiosamente durante la muestra comenzaron a aparecer arañas que tejieron mallas dándole vida a objetos que habían sido destruidos y descartados por el hombre. En el video Toque de desalojo (2023) aparece la mano de la artista golpeando un trozo de madera carcomido por polillas que va soltando polvo o excremento sobre una mesa. Los golpes emiten un sonido insistente que genera angustia y hace alusión a una acción violenta de desalojo. Estas dos piezas, junto con las demás que constituyeron la propuesta de la artista en la XXIII Bienal de Arte Paiz, invitaban al público a reflexionar sobre temas como el desplazamiento de la gente que es expulsada de sus hogares para dar paso a la construcción de modernos edificios o la destrucción de la naturaleza en nombre del progreso.
Sus trabajos más recientes continúan explorando temas como el rastro y lo impermanente a partir de objetos encontrados transformados por las termitas. Para la realización de Uróboros (2026), un mural de 2.10 metros de largo por 1.30 metros de alto, la artista recuperó marcos de cuadros apolillados de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de Guatemala y sacó de ellos 1896 secciones con las cuales realizó la instalación. Sobre la superficie creada con estos cortes pintó con tinta la figura mítica de un uróboro, un símbolo ancestral que representa una serpiente o dragón devorando su propia cola, formando un círculo infinito. Este ser mítico simboliza la naturaleza cíclica del tiempo, el eterno retorno, la unidad de todas las cosas y el ciclo perpetuo de vida, muerte y renacimiento. Para De la Riva, los marcos provenientes de la escuela representan simbólicamente las voces de los estudiantes que han pasado por el plantel y los artistas que han expuesto en sus instalaciones, muchos de ellos reconocidos. Todos han experimentado transformaciones ya sea por experiencias académicas o por vivencias personales. En últimas, cada ser humano está sujeto a una transformación constante, asegura la artista. [5]






Para la realización de la obra Piel (2026), de la Riva utilizó un antiguo biombo chino laqueado en negro de más de 160 años carcomido por polillas. El biombo tiene cuatro secciones de las cuales tres fueron agujereadas por los insectos y utilizadas por la artista para generar seis obras en papel japonés. El proceso consistió en tomar la piel del biombo, es decir la pintura laqueada, y transferirla a los lienzos de papel japonés. Cada una de las seis caras del biombo intervenidas muestra figuras y pagodas japonesas rodeadas de zonas negras que corresponden a las capas de laca transferidas por la artista en las que se aprecian cientos de puntos blancos producidos por las polillas. El cuarto panel del biombo presenta un paisaje japones que tanto la artista como las polillas, dejaron intacto. De la Riva utiliza esta obra como metáfora de una historia que omite hechos y por esa razón nunca está completa.
La artista comenta que, al despegar las hojas del biombo agujereado, los desechos dejados por las polillas al carcomer la madera cayeron en el piso y formaron pequeños montículos. Estos restos le causaron curiosidad así que los fotografió. Al observar las imágenes, descubrió que las montañas de aserrín se convertían en paisajes, dando lugar a las fotografías tituladas El reino del silencio. Conceptualmente, su intención como artista es abordar el objeto que ya no habla desde su función original sino desde sus marcas, desde sus huellas y darle nueva vida desde su propia voz. Al toparse con el libro The Pleasure of Ruins de Rose Macaulay, toma una hoja para realizar un collage con hojas blancas intervenidas por polillas. Nuevamente genera una propuesta conceptual desde la cual invita a pensar sobre el concepto de “ruina” que además inspira el título de la pieza Ruina, de 2026.
Una de las propuestas más interesantes del trabajo reciente de Lourdes de la Riva es la serie Mundos de Memoria (2026), compuesta por esferas hechas con resina color ámbar que envuelven polvo o residuo de polilla. Cada una de ellas es un pequeño universo en el que el desecho se convierte en una nueva posibilidad de creación. Esta obra, al igual que el resto de su trabajo, invita a reflexionar sobre las estrechas relaciones que existen entre los seres humanos y la naturaleza, los procesos de destrucción y la posibilidad de verlos como algo positivo desde una acción de carácter catalizador que favorece la innovación o la renovación en el campo de las artes visuales.
[1] Lourdes de la Riva, entrevista con la artista. Marzo 2026.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] Ibid.

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