La obra Merienda para chacales del maestro Elmar Rojas, realizada en 1978 y galardonada con el Primer Lugar en la I Bienal de Arte Paiz de Guatemala, surge en uno de los períodos más tensos, violentos y complejos de la historia contemporánea guatemalteca. A finales de la década de 1970, Guatemala vivía una profunda crisis política y social marcada por el endurecimiento del conflicto armado interno, la represión estatal, la persecución ideológica y el creciente poder militar dentro de la vida nacional.
En aquellos años, el país estaba atravesado por un clima de miedo. El aparato militar y los cuerpos de seguridad ejercían una fuerte represión sobre estudiantes, intelectuales, líderes sociales, campesinos y toda figura considerada “subversiva”. Las desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y la censura comenzaban a formar parte de la cotidianidad guatemalteca. El terremoto de 1976 había dejado además una profunda fractura social, evidenciando la desigualdad estructural y el abandono histórico de las mayorías indígenas y campesinas.
Dentro de ese contexto, muchos artistas e intelectuales recurrieron al lenguaje simbólico y metafórico para expresar una crítica social y política que no podía formularse abiertamente. Elmar Rojas —vinculado a una sensibilidad profundamente humanista y latinoamericana— utilizó frecuentemente el realismo mágico y la metáfora poética para hablar de la violencia, el poder y la condición humana sin caer en una representación literal.
El título, Merienda para chacales, posee una enorme carga simbólica. El término “chacales”, según referencias cercanas al pensamiento y lenguaje del propio maestro, era utilizado por él para aludir metafóricamente a ciertos sectores militares y represivos de la época. El chacal, como figura animal, remite al depredador que se alimenta de la muerte, del miedo y de la destrucción. En ese sentido, la “merienda” se convierte en una imagen brutalmente poética: una alusión al festín de violencia y poder que se vivía en Guatemala durante aquellos años.
La obra puede entenderse entonces como una denuncia simbólica de una sociedad herida, donde la violencia política parecía devorar la dignidad humana. Sin necesidad de representar escenas explícitas, Elmar Rojas construyó una narrativa visual profundamente inquietante, donde los símbolos, los personajes deformados y las atmósferas oníricas funcionan como metáforas del terror y de la deshumanización.
Sin embargo, como ocurre en gran parte de la obra de Rojas, incluso dentro de la oscuridad existe una dimensión poética y universal. Su pintura no se limita únicamente a la denuncia política; también transforma el dolor histórico en un lenguaje artístico de gran fuerza estética y espiritual. Allí radica parte de la trascendencia de Merienda para chacales: en haber logrado convertir el contexto dramático de Guatemala en una obra de resonancia universal, capaz de hablar sobre el poder, la violencia y la fragilidad humana desde el territorio del arte y la metáfora.
La obra se inserta además dentro de una etapa particularmente intensa de la producción de Elmar Rojas, donde el artista comenzaba a consolidar un imaginario propio profundamente ligado a Guatemala: un universo poblado de símbolos, seres híbridos, figuras fantásticas y atmósferas.*
* Texto replicado de Mayarí Rojas, hija del artista y representante de su acervo.

