El trazo de Arturo Monroy, íntimo y a veces cargado de una sensación de crudeza, difícilmente deja apático a quien lo contempla. Un ejemplo de esto es su ilustración Naranja, ganadora de un Glifo de Plata en la XI Bienal de Arte Paiz. En esta obra, la sutileza domina un extenso lienzo original de 1.50 x 1.50 metros, donde la noción de lo grandioso y lo minúsculo se entrelazan de forma equilibrada.
El acto de observar una figura aparentemente “nimia” o cotidiana, como una fruta, adquiere una nueva dimensión a través de la inmensidad que le da el autor transformándola en arte. La vida –no solo en su forma natural, sino también en la experiencia sensorial que evoca– se convierte en un motor que conmueve profundamente dentro del paraje de Monroy.
A lo largo de su trayectoria, el artista ha destacado por evocar imágenes sobre la naturaleza que puede ser contemplada e ingerida. Sus trazos han generado piezas que magnifican elementos como semillas, frijoles, duraznos, tortillas y verduras, entre otros. Para 1998, año en que obtuvo el Glifo de Plata, esta exploración ya comenzaba a manifestarse de manera contundente.
Aunque su producción oscila de manera fluida entre el impresionismo y el hiperrealismo, la obra Naranja (1998) se desplaza hacia un minimalismo en su materialidad y su forma. En la pieza, el artista reduce los elementos a su mínima expresión para concentrarse en la pureza de la forma, en este caso de una fruta. Al respecto, Monroy comparte: “Naranja, es para mí el encuentro de una intensa búsqueda de la esencia conceptual de una forma determinada y de un gesto por trazar con destreza usando el mínimo entre la luz y la sombra entre el blanco y el negro”.

