Esta obra de Diana de Solares está compuesta por seis paneles que articulan una unidad visual en tonos cálidos y terrosos, donde convergen la abstracción y la figuración orgánica. El título de la pieza se inscribe directamente en los versos que el jesuita y poeta Rafael Landívar escribió sumido en el dolor del destierro, tras la expulsión de los jesuitas de Guatemala en 1767: «¡Salve cara parens, dulcis Guatemala salve, delitium vitae, fons et origo meo!» («¡Salve, amada patria; dulce Guatemala, salve! ¡Delicia de mi vida, mi fuente y mi origen!»).
Para Solares, la recuperación de esta consigna sobre el arraigo operaba como una coordenada estética y política para interrogar la realidad de la Guatemala de 1996.
Visualmente, la textura difuminada y la paleta de ocres construyen una atmósfera de envejecimiento. El lienzo se divide en dos registros: el superior, donde manos y estructuras óseas evocan una conexión mística, y el inferior, dominado por una figura cruciforme y formas pélvicas asociadas al sacrificio y la maternidad. A través de veladuras y efectos de desgaste, la pieza explora la dualidad entre el cuerpo físico y el alma.
Esta producción de 1996 dista de las búsquedas actuales de Diana de Solares. Mientras que en este período su abstracción operaba desde la bidimensionalidad pictórica y la carga simbólica del cuerpo, su práctica contemporánea se desplaza hacia el pensamiento tridimensional. Sus ensambles, esculturas e instalaciones recientes se valen de materiales industriales y sutiles equilibrios geométricos que interrogan la arquitectura como el entorno.

