Foto de portada: Vista de exposición Criptoarte: Territorios Latentes.
La exposición ‘Criptoarte: Territorios Latentes’ reúne el trabajo de más de 30 artistas internacionales en diálogo con piezas multi-formato de arte digital.
La mayor virtud del arte no radica en la obra misma, sino en la disposición de las personas al dejarse atrapar por el hechizo que procuran las imágenes. En la exposición Criptoarte: Territorios Latentes, los espectadores podrían advertir pronto que el arte y la tecnología importan menos que los procesos que dan vida a las más de 20 obras en exhibición.
Pantallas y proyecciones a muro en el Centro Cultural Fundación Paiz revelan cómo podemos vincularnos con las transformaciones de la imagen según su soporte, en este caso, a un muro o incluso a un enorme tótem digital que se establece como principio y final de la exposición.
Esta propuesta, curada por el francés Benoît Couty y el alemán Frank Neidig, explora “zonas de incertidumbre” mediante el azar, el glitch, los protocolos generativos y la inteligencia artificial. Según los curadores, cada pieza funciona como un territorio oculto donde se entrelazan la imaginación, la autonomía de los sistemas operativos y la inteligencia que germina del vínculo entre lo humano y la máquina.
Si bien la curaduría detrás de la exposición define el “territorio latente” como un espacio incierto en construcción, vale reflexionar sobre lo que resguardan las capas invisibles de esos terrenos. Estas piezas —creadas por artistas entendidos como “figuras públicas de Internet”— proponen satirizar la historia, celebrar la destrucción digital, repensar las comunidades y reinterpretar tanto la naturaleza como la propia identidad humana.
Tratándose de una muestra que aborda múltiples experiencias, la noción del bit sirve en esta muestra para entrever otra intención del proyecto: partir de un punto concreto —la mirada— para convertirlo en metáfora. Si en el lenguaje informático el bit es la unidad mínima de información, en Territorios Latentes se expande para concentrar varias capas y públicos en un mismo espacio.
Otra historia del arte (digital)
El acercamiento a las piezas exhibidas obliga una relación del público con los dispositivos. Para acceder a las obras y a su información detallada, la organización dirige, a través de las cédulas, a OpenSea y Async Art, plataformas comerciales y de exhibición donde residen las piezas originales. La experiencia confronta al espectador entre una zona artística intangible y la facilidad para acceder a ella desde lo concreto de un teléfono móvil. El centro cultural se convierte así en espacio de contemplación y en un puente hacia el mercado digital.
Bajo una secuencia cronológica, la muestra abre con un diálogo sobre los orígenes del arte. Tomando como base pinturas emblemáticas como San Jerónimo escribiendo (1606) o La dama del armiño (1489), los creadores Alotta Money, Jivincy y Pascal Boyart demuestran que dichos cánones son maleables y, con tono satírico, los reinterpretan para ofrecernos nuevas lecturas históricas. Si en los siglos XV y XVII Caravaggio o Leonardo da Vinci demostraron que la pintura al óleo era también una forma de tecnología para asegurar la representación, en el siglo XXI los artistas de Territorios Latentes plantean nuevas formas de subvertir las imágenes hegemónicas, esta vez con el pixel.

En cuanto a la transfiguración irónica del canon, destacan otras obras como A History of Cryptoart (2022), de Panter Xhita, donde memes y figuras icónicas del arte digital conviven en una constelación que replantea a la misma Escuela de Atenas. Por su parte, la pieza colaborativa First Supper (2020) reinterpreta La última cena, posicionándose como un hito del arte criptográfico al haber sido la obra inaugural de Async Art. Las representaciones de un pasado inscrito en el futuro también emergen en Love 3.0 (2022), de Leo Caillard. La obra propone una visión sobre el futuro del amor desde una estética tradicional no solo por la pareja heterosexual que danza en la escena infinitamente, sino por el uso de la escultura neoclásica, adaptada aquí con un visor 3D sobre los rostros.
Glitch, bellezas erróneas y artificios
Entre las distintas capas de la muestra destaca el glitch, entendido por la curaduría como “un accidente en la ejecución de un programa”. Para provocarlo, varios artistas introducen errores deliberados como un gesto de resistencia.
El Centro Cultural Fundación Paiz abre ventanas a paisajes artificiales donde el fallo informático resulta apacible. Aunque se trata de imágenes que pueden ser “reales”, esconden experimentos que despiertan una curiosidad estimulante. En esta vertiente paisajística se inscriben James Bloom e IX Shells, cuyas referencias visuales exploran la manipulación de la naturaleza con una belleza destructiva.

Por su parte, Shortcut presenta la transfiguración digital del rostro de una adivina nórdica, conocidas como völvas. Para apreciar la obra, el público debe usar la aplicación Artivive, que revela capas superpuestas de realidad aumentada. Tras diversos procesos de manipulación, la pieza se consolida como un retrato caótico y multifacético.
Aunque la muestra busca representar el caos para “revelar una verdad”, Albertine Meunier, Yvon Ngassam y Justin Aversano tensionan esta búsqueda desde la fotografía para ofrecer otras miradas sobre el retrato humano. Meunier recurre a prompts para generar una serie de imágenes en las que una misma mujer adopta múltiples facetas entre lo absurdo y lo grotesco. En contraste, Ngassam y Aversano construyen registros rigurosos que abordan la representación de arquetipos culturales en diversos continentes.
Relaciones a través del bit
Territorios Latentes invita a pensar lo común dentro de las redes informáticas y, en especial, en las relaciones humanas. Lejos de reducirse a una reflexión fría sobre intervenciones digitales, el proyecto interpela constantemente nuestra condición humana. Los gestos afectivos y existenciales se activan en Cloud Storage (2025), donde la memoria relacional y la digital se convierten en el eje de un diálogo entre dos cuerpos construidos con bits.
En esa misma línea, Everything is temporary (2023), de Joe Pease, reflexiona sobre el vínculo con el tiempo. Mediante una escena impregnada de nostalgia, la obra invita a pensar en las distintas capas temporales por las que transitamos sin que la experiencia vivida se desvanezca.
En estos entornos digitales, la creación sobrepasa la individualidad siendo la colaboración importante para tejer un proyecto, así como una exposición coral. Ejemplo de ello la obra del artista Refik Anadol junto con miembros de la comunidad Yawanawa, quienes tradujeron el movimiento del viento en la selva amazónica a pinturas digitales. Este sentido colectivo impregna la dimensión expansiva de las proyecciones en sala.
Estas formas de interacción superan la visión antropocéntrica para situar a la naturaleza como un organismo vivo dentro de la esfera digital. La dupla Boldtron crea un refugio en la sala al guiar al público hacia un rincón donde flota una colección de especies anfibias entre la nada y distintas atmósferas sonoras viscosas.
Mientras el sonido compone una orquesta virtual multicapa, la retina puede buscar en la sala diferentes paisajes que proponen otro mundo vegetal. Kim Asendorf rasga los píxeles de una foto del Parque Nacional Huascarán en Perú, mientras que Leander Herzog y Jan Robert Leegte invitan a reflexionar sobre cómo manipulamos y registramos los jardines. Herzog propone recorrer una parcela multicolor mediante el movimiento del mouse, y Leegte convierte al espectador en sujeto y objeto de la mirada dentro del jardín que ha diseñado.
La invisibilidad no es un fallo de percepción o de realidad, sino el poder de identificar aquello que permanece latente. Atravesar y recorrer lo invisible es uno de los mayores juegos atractivos de esta muestra, que además es pionera en su tipo en Guatemala. El criptoarte opera dentro del proyecto como un medio donde las imágenes digitales pueden replicarse al infinito manteniendo, al mismo tiempo, una autenticidad irrepetible e infalsificable.
¿Quién dijo que solo el arte tradicional y tangible puede mantener una pureza? Al desmontar esta noción y reafirmar el valor de la creación única, Territorios Latentes nos lleva a explorar un sistema estético de pixeles y bits donde lo evidente se vuelve poroso, abriendo paso a experiencias visuales y conceptuales que desafían nuestra idea de realidad, así como de nuestra relación con el arte.





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