Un hilo invisible entre San Pedro La Laguna y Antonio Pichillá 

Este 2025 ha sido un año de resonancia para el artista guatemalteco Antonio Pichillá Quiacaín. Desde Lisboa, pasando por Madrid, hasta Londres, sus obras han salido del Lago Atitlán hacia escenarios institucionales que, aunque distantes, mantienen un hilo directo con San Pedro La Laguna. Más que logros aislados, sus exposiciones en Europa hablan de insistencia, fidelidad al origen y de cómo un artista puede abrirse camino sin romper la conexión con su comunidad.

En Lisboa, en la Casa de América Latina, Pichillá. presentó Tecendo a Paisagem (Tejiendo el paisaje), una exposición individual abierta del 8 de mayo al 20 de junio de 2025. Allí, los textiles mayas dialogaban con la noción contemporánea de paisaje, mostrando que la tela no es solo un objeto artesanal, sino pensamiento tejido.

En Madrid presentó Abuela Materna, su primera exposición individual en España, abierta del 27 de febrero al 17 de mayo en la galería MEMORIA —con sedes en el Centro y en Carabanchel—. La muestra reunió textiles, pinturas y audiovisuales que exploraban la ancestralidad tz’utujil a través de elementos como el fuego, la tierra y el agua, entendidos como símbolos de memoria compartida.

En Londres presentó Umbilical Cord en la galería Elizabeth Xi Bauer (del 20 de junio al 2 de agosto). En esta exposición exploró lo que denomina “el nudo”: conexiones entre lo ancestral y lo contemporáneo, a partir de materiales que se expanden más allá del marco tradicional. Ese mismo año regresó a Londres para participar en Frieze Londres, representado por la galería brasileña Portabella Seca, consolidando su presencia en uno de los escenarios más relevantes del arte contemporáneo.

Viendo hacia atrás

Antonio creció en San Pedro La Laguna, un pueblo con una fuerte tradición pictórica. Para él, el arte no fue una elección excéntrica, sino una consecuencia natural del entorno. “A uno que crece en esta comunidad con tanta tradición pictórica le resulta normal estudiar arte”, explica. “Pero si además estudias, tienes aún más conocimientos, como filosofía del arte, historia o psicología del color. Eso fue lo que me motivó a estudiar cinco años en la ciudad de Guatemala”, agrega.

Ese paso por la ciudad también le permitió entrar en contacto con curadores y galerías, aunque muchas veces de forma desigual. Recuerda los años en los que los artistas de Atitlán debían enterarse con anticipación de las visitas de curadores para preparar carpetas impresas o CDs con imágenes: “No podíamos llevar todas las obras hasta la capital, entonces compartíamos lo que podíamos. Era parte del proceso: a veces pasaba algo, a veces nada. Pero insistíamos”.

Su visión del desarrollo artístico siempre ha sido comunitaria: para él, el crecimiento de un artista cobra más sentido cuando también beneficia al entorno cercano. Concibe el arte como una red de apoyo mutuo y no como una competencia aislada.

También cuestiona la manera en que la industria del arte se concentra en las grandes ciudades. “El circuito siempre está centralizado en las ciudades grandes, donde están los museos, las galerías y los festivales. Pero para entender el arte guatemalteco hay que ir a los pueblos”, señala. Para Pichillá, lugares como San Juan Comalapa y San Pedro La Laguna son centros vivos de tradición pictórica que han dado artistas fundamentales: desde Andrés Curruchich y Edgar Calel, en Comalapa, hasta Rafael González, en San Pedro.

Por ello insiste en que curadores y coleccionistas visiten directamente estas comunidades, donde la práctica artística se entrelaza con la cosmovisión maya y la vida cotidiana. En sus palabras, llegar a Guatemala sin conocer Comalapa o San Pedro es perderse lo más vital del arte del país.

Un ejemplo de esta visión es su relación con Eugenio Viola, actual curador de la Bienal de Arte Paiz. Pichillá lo conoció en 2013, cuando Viola visitó Guatemala para trabajar en un texto. Años después coincidieron en Colombia y, más tarde, en 2023, en la revista ArtNexus, donde Viola escribió una extensa crónica sobre el trabajo del artista guatemalteco. “Cuando Eugenio vino de nuevo a San Pedro ya sabía sobre mi trabajo; venía a concretar. Es parte de la consistencia de mi práctica, que invita a curadores y coleccionistas a tenerme en mente. Pero le pedí que también conociera a dos artistas más de aquí, y lo hizo. Esa es mi manera de aportar”.

Este año, Antonio Pichillá cierra su agenda en su país participando en la Bienal de Arte Paiz 2025, no como un hecho aislado, sino como la continuidad de un proceso de trabajo sostenido. Presentará un video en el que ha trabajado durante diez años, resultado de una investigación sobre el sincretismo religioso y la conexión con la naturaleza: “La obra habla de mi relación con la Madre Tierra”, explica. “Es una instalación orgánica, con telas y madera, que se adapta al espacio donde se presente”, sostiene.

Antonio Pichillá. De la serie Espantapájaros y Espantahumanos. Vista de instalación. Foto: Byron Mármol. Cortesía: Fundación Paiz / Bienal de Arte Paiz

Pero su preparación no se limita a la obra. Pichillá también ha dedicado años a la creación de un libro bilingüe que recopila 18 años de su trayectoria. Se trata de un proyecto autofinanciado y autoeditado, gestionado por él mismo desde cero. “Cuando viajaba veía libros de otros artistas financiados por museos o galerías. Yo no tenía eso, pero no me quedé esperando: invertí en mi carrera y lo hice yo mismo”, cuenta. Para él, el libro es más que un registro: es una herramienta que lo acompaña en cada exposición y un testimonio tangible de su trabajo.

Esa decisión refleja su manera de entender el papel del artista contemporáneo. “Hoy el artista no solo se sienta a pintar. Tiene que escribir, gestionar y financiar proyectos. Si uno espera a que lo inviten, nunca pasa. Hay que tomar iniciativa”. Desde esa claridad, Pichillá opta por mantener cierta independencia: colaborar con galerías o instituciones, pero sin depender exclusivamente de ellas.

De cara al futuro, su plan es regresar a Guatemala en 2027 con una exposición representativa, resultado de cinco años de producción. Hasta entonces continuará moviéndose entre espacios internacionales y su pueblo, siempre bajo la misma lógica: consistencia, creación, gestión y sostenimiento de su independencia como artista.

La trayectoria de Antonio Pichillá muestra que el recorrido de un artista no se mide únicamente por las ciudades en las que expone, sino por los vínculos que mantiene con su lugar de origen. Lisboa, Madrid y Londres son escenarios importantes, pero el centro de su práctica sigue siendo San Pedro La Laguna.

Su insistencia lo ha llevado lejos, pero su visión comunitaria lo mantiene anclado. Para él, el éxito no consiste en competir en solitario, sino en asegurar que el arte pueda ser también un motor de desarrollo colectivo.

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