Fue una pintora kaqchikel reconocida por ser la primera mujer en incursionar en la tradición pictórica de su comunidad. Autodidacta, comenzó a pintar a mediados de los años setenta, desafiando las normas de género y las expectativas culturales que limitaban la participación de las mujeres en el arte. A través de sus pinturas, Rosa Elena documentó con precisión y sensibilidad la vida cotidiana, las costumbres y las dinámicas sociales de su comunidad, resaltando especialmente el papel central de las mujeres.
Nieta del célebre pintor Andrés Curruchich, Rosa Elena creció en un entorno marcado por la tradición artística. Sin embargo, su incursión en la pintura no fue fácil. Según las investigadoras Linda Asturias de Barrios y Mónica Berger, enfrentó fuertes críticas y una presión social tan intensa que en un momento decidió cambiar de residencia para poder continuar con su obra en condiciones de mayor privacidad. Esta necesidad de trabajar en secreto explica el formato en miniatura de muchas de sus piezas, que le permitía crear de manera discreta y reservada.
Su obra refleja con detalle las festividades religiosas, las relaciones familiares y las actividades económicas tradicionales de San Juan Comalapa, como la producción de velas, panes y, sobre todo, la elaboración de textiles. Rosa Elena capturó con minuciosidad el colorido y la complejidad de los perrajes y huipiles, elementos fundamentales en la identidad cultural kaqchikel.
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