Foto de portada: Vista de la exposición ‘Camino al Tepeyac’ en Fundación Casa de México en España. (Foto: Nina Syed)
En Madrid, dos exposiciones examinaron durante 2025 la evolución de la iconografía guadalupana en el arte, a lo largo de la historia y en distintos territorios. Desde el Monasterio de Guadalupe en Cáceres hasta el cerro del Tepeyac en México, se revisitó el origen de la Virgen de Guadalupe, su trayectoria narrativa transatlántica y su importancia como símbolo de identidad cultural.
La historia comienza el 9 de diciembre de 1531. Un hombre llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin caminaba hacia una misa en el Día de la Inmaculada Concepción por el cerro del Tepeyac, cuando escuchó la voz de una mujer llamando su nombre. Al pausar, se le presentó una mujer bañada de luz que se identificó como la Virgen María. La Virgen le pidió a Juan Diego que le informara a su pueblo de su presencia y que construyera una iglesia en su honor en el cerro. El obispo no creyó esta historia, por lo cual Juan Diego le pidió a la Virgen una señal para demostrar que la aparición fue real.
La Virgen le indicó que recogiera flores de la cima del cerro y que las llevara al pueblo, lo cual Juan Diego no quería hacer, ya que su tío estaba enfermo. De igual manera, el hombre hizo el trayecto, envolvió las flores en un lienzo y volvió al pueblo. Al abrir la tela, descubrieron que, con el color de las flores, aparecía la imagen de la Virgen. En otra versión de la historia, las flores caen al suelo, creando la imagen de la virgen. El tío de Juan Diego misteriosamente mejora y, a partir de este milagro, el obispo ordena la construcción de la iglesia en el cerro. Esta historia es la que popularmente se reconoce como el nacimiento de la Virgen de Guadalupe como ícono. A partir de este relato empieza la devoción hacia esta figura y el cerro del Tepeyac se establece como centro de peregrinación.
La historia de este ícono en España es un poco diferente. Aquí existe la figura de la Virgen desde el siglo XIII en el Monasterio de Guadalupe, ubicado en la provincia de Cáceres, donde había una estatua de madera con su nombre. Similar al relato del cerro del Tepeyac, existe en España una leyenda que explica la primera aparición de la Virgen en el siglo XIII. Se cuenta la historia de un pastor llamado Gil Cordero, que encuentra a su vaca muerta después de varias horas de búsqueda. Decidió utilizar la piel de la vaca y, al cortar una cruz sobre el vientre, aparece la Virgen de Guadalupe. Igual que en la historia de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, la Virgen le pide a Gil Cordero que le relate a la Iglesia lo que ha visto. Los clérigos no le creyeron la historia hasta que presenciaron la resurrección de una mujer caída. Fue la primera aparición; según la historia, san Lucas talló y enterró su imagen hace 500 años.
Estos dos relatos y devociones se entrelazan durante la evangelización del Nuevo Mundo por conquistadores y misioneros, y en el territorio americano este símbolo tomó vida propia y dio origen a una versión arraigada en las vivencias de los pueblos originarios, transformándose en un emblema de identidad cultural. La Virgen de Guadalupe mantiene su puesto como importante símbolo de identidad hispana y objeto de culto hoy en día en Latinoamérica y España. Este ícono y su trayectoria histórica y geográfica se analizan en dos exposiciones en el Museo del Prado y la Fundación Casa de México en España, en Madrid.
La exposición en el Museo del Prado se titula Tan lejos, tan cerca: Guadalupe de México en España. La muestra abre un diálogo sobre la evolución de la imagen simbólica y conecta la historia de esta imagen entre México y España, con el fin de descolonizar la iconografía y analizar las diferencias y similitudes de la figura a través de distintos territorios. Miguel Falomir, director de la institución, comentó durante la rueda de prensa de presentación: “No hay nada mejor para la descolonización que mostrar la historia”. La muestra incluía casi 70 obras, esculturas, grabados y libros con menciones de la Virgen. El nombre de la Virgen de Guadalupe es traído al Nuevo Mundo por conquistadores y obispos, convirtiéndose en un elemento importante en la evangelización de los pueblos originarios del territorio.
Desde este contexto, se analizan las distintas representaciones de la Virgen, destacando que en Latinoamérica no se presenta como una simple copia de la Virgen española, sino como un ícono propio, con una narrativa espiritual y cultural enraizada en la identidad latinoamericana.
Los comisarios de la muestra son Jaime Cuadriello y Paula Mues Orts, ambos originarios de México, quienes explican que en la exposición se analiza el camino geográfico que recorre la Virgen gracias a la capacidad de la imagen de ser reproducida. “Se decía que uno de sus milagros era que no se podía copiar. Pero se reproduce mucho. Los artistas podían mandar muchas imágenes, en distintos tamaños y formatos. Esa reproductibilidad posibilitó el culto y la expansión”, explicó Mues Orts.
Mientras la exposición en el Museo del Prado explora el recorrido histórico y geográfico de la imagen de la Virgen de Guadalupe, la exposición de la artista y antropóloga mexicana Alinka Echeverría, titulada Camino a Tepeyac (2010), examina la iconografía de la Virgen a través de la mirada de la devoción personal y cómo esta se vuelve una experiencia colectiva cultural.
Cada 12 de diciembre hay peregrinaciones hacia la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en Ciudad de México, y hacia otras iglesias y templos dedicados a la Virgen, donde le dedican agradecimientos, peticiones, rezos y múltiples expresiones de devoción. La obra de Echeverría retrata a cientos de peregrinos que cada 12 de diciembre viajan para celebrar a la Virgen, fotografiados de espaldas sobre un fondo blanco. Esta elección resalta al individuo y ofrece una mirada íntima a su vínculo personal y espiritual con la Guadalupana.
Se capturan a las personas en las fotografías cargando imágenes, esculturas, altares u otros objetos que representan a la figura icónica. Colocando cada fotografía sobre un muro, junto a la próxima sin guardar espacio, cada acto de devoción personal se convierte en un gran collage de fe colectiva.
Echeverría ha explicado en una entrevista con la Fundación Casa de México en España que en su fotografía utiliza la serialidad como medio para comunicar el concepto de ciclos y atemporalidad en su obra: “Para mí es muy importante que se entienda que no son simples fotografías y no es una simple documentación. Para mí, la idea era plasmar el camino infinito y expandirlo de una manera que pudiera tener su propio viaje”. Echeverría cuenta que la obra se ha presentado en más de cuarenta exposiciones internacionales, teniendo su propia peregrinación.

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