Foto de portada: Voluspa Jarpa. Extinción, 2025. Vista de instalación. Sede: Museo Nacional de Arte de Guatemala. (Foto: Byron Mármol. Cortesía: Fundación Paiz / Bienal de Arte Paiz)
Bajo el título El Árbol del Mundo, esta edición parte de las cosmologías indígenas mesoamericanas y se inspira en la ceiba sagrada como símbolo de conexión entre los distintos planos del universo: el cielo, la tierra y el inframundo. A partir de la metáfora del árbol como centro de la vida, la bienal articula múltiples narrativas que abordan la memoria colectiva y los territorios, la relación entre cuerpo y naturaleza, la espiritualidad y la interdependencia entre los ecosistemas y la humanidad. El Árbol del Mundo invita a pensar nuestra responsabilidad compartida con el mundo natural y a imaginar un futuro más armónico entre lo humano y la naturaleza.
Las obras de varios artistas participantes se presentan como actos de veneración hacia el mundo natural, al tiempo que critican las fuerzas que han provocado la pérdida de nuestra conexión y respeto hacia él. Las artistas guatemaltecas María Adela Díaz y Verónica Riedel denuncian la degradación ecológica de los lagos Amatitlán y Atitlán, así como su impacto en las comunidades locales. Desde Bogotá, Plano Negativo —un estudio de investigación visual y material enfocado en América Latina— toma como caso de estudio a Guaviare, una de las regiones más fumigadas de Colombia, para visibilizar la violencia medioambiental. Otras propuestas rinden homenaje a los elementos naturales que nos sostienen a través de distintos territorios: Chelsea Odofu (Newark, EE. UU.) resalta el árbol baobab como símbolo espiritual; Kite (Sylmar, EE. UU.) incorpora plantas de significado cultural para el pueblo indígena lakota; y Erick Boror (San Juan Sacatepéquez, Guatemala) crea un textil que funciona como tributo al maíz y a la tierra. En conjunto, estas obras revelan una visión compartida del mundo natural como una red consciente y un reservorio de sabiduría y memoria colectiva.










La Bienal incluye artistas de los cinco continentes y, desde estas diversas perspectivas, aborda el tema de la migración y la relación profunda entre la humanidad y sus territorios. La muestra reflexiona sobre la resiliencia humana, la artificialidad de las fronteras y la necesidad de construir vínculos multiculturales en un mundo interconectado. Igor Grubić (Zagreb, Croacia) utiliza semillas como símbolo de los movimientos migratorios, la supervivencia y los ciclos naturales, mientras que Hikari Sawa (Ishikawa, Japón) explora la necesidad humana de desplazamiento y conexión entre culturas. Por su parte, Jorge de León retrata el peligro y la incertidumbre que enfrentan las personas migrantes que parten de Guatemala, mientras que Ali Cherri (Beirut, Líbano) cuestiona la frontera como un constructo político y artificial. Estas propuestas conforman una muestra del amplio abanico de artistas que abordan la migración y generan un diálogo sobre pertenencia, desplazamiento y la interdependencia entre el ser humano y la tierra que habita.
A lo largo de la exposición también se examina la huella de la violencia en los territorios y el trauma generacional que esta deja en las comunidades, moldeando una memoria colectiva. Las obras destacan tanto la resiliencia humana como la capacidad de la naturaleza para regenerarse frente a la destrucción. Esto se ejemplifica en la obra de Kader Attia (Dugny, Francia), quien toma como punto de partida la Primera Intifada de 1987 —el levantamiento popular palestino contra la ocupación israelí— para evocar la persistencia del trauma intergeneracional y, simultáneamente, la fuerza regenerativa de la naturaleza. De manera similar, Carlos Martiel (La Habana, Cuba) aborda la violencia ejercida en Palestina, Sudán y Guatemala contra el pueblo maya durante el conflicto armado interno, generando un diálogo sobre la responsabilidad colectiva frente a estas heridas históricas. Otras artistas, como Alevtina Kakhidze, recurren a la memoria personal para explorar la relación entre territorio, resistencia y pérdida: su obra recuerda a su madre, quien se negaba a abandonar su hogar en la región de Donetsk, Ucrania, a pesar de la violencia que enfrentaba. En conjunto, estas piezas construyen un testimonio sobre la capacidad comunitaria y natural de resistir y generar memoria ante la opresión.










Tras este recorrido por obras que reflexionan sobre la violencia territorial y la memoria colectiva, la Bienal amplía su narrativa hacia la resistencia que emerge de la espiritualidad y el conocimiento ancestral. En este contexto, la espiritualidad se presenta como una raíz que conecta al ser humano con la naturaleza y con su historia, operando como una forma de resistencia y supervivencia que enlaza el pasado con la posibilidad de un futuro. La artista Glenda León (La Habana, Cuba) sugiere que el origen de muchos conflictos históricos proviene de una ceguera espiritual en la humanidad, mientras Antonio Pichillá (Sololá, Guatemala) y Balam Soto (Ciudad de Guatemala, Guatemala) recuperan la cosmovisión maya para tender puentes entre pasado y presente. De manera similar, Zhang Xu Zhan (Xinzhuan, Taiwán) propone reinterpretaciones de figuras míticas del folclore del sudeste asiático.
Dentro de las narrativas que articulan la relación entre cuerpo y territorio, la Bienal también aborda los vínculos entre cuerpo, género e identidades queer, y su relación con los espacios que habitan. Seba Calfuqueo (Santiago de Chile, Chile) fusiona su cuerpo con el árbol sagrado de la araucaria para explorar raíces ancestrales y derechos territoriales; de forma análoga, Martin Wannam (Ciudad de Guatemala, Guatemala) utiliza la ceiba sagrada para crear un puente entre identidades queer históricamente marginadas y tradiciones culturales. Ana Gallardo (Rosario, Argentina) vincula cuerpo, género y memorias de violencia con territorio e historia, mientras Luz Lizarazo explora la opresión ejercida sobre el cuerpo femenino para establecer conexiones entre cuerpo, naturaleza y universo.

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